
El Estrés es una reacción fisiológica del organismo en la que entran en juego diversos mecanismos de defensa para afrontar una situación de presión (trabajo, familiar, etc). Estos mecanismos están pensados para aumentar las probabilidades de respuesta a corto plazo, no para que se mantengan indefinidamente, tal como suele pasar a la mayoría de las personas.
El organismo actua con una respuesta natural y necesaria para la supervivencia, a pesar de lo cual y cuando esta condición se da en exceso, se produce una sobrecarga de tensión que se ve reflejada en el organismo y en la aparición de enfermedades, anomalías y anormalidades patológicas que impiden el normal desarrollo y funcionamiento del cuerpo humano.
El estrés se encuentra en la cabeza, ya que es el cerebro el responsable de reconocer y responder de distintas formas a los estresores, estos estresores o factores estresantes son las situaciones desencadenantes del estrés y pueden ser cualquier estímulo, externo o interno (tanto físico, químico, acústico, somático o sociocultural) que, de manera directa o indirecta, propicie el desequilibrio dinámico del organismo. Los estresores más comunes suelen ser estímulos ambientales dañinos, percepciones de amenaza, situaciones que fuerzan a procesar información rápidamente, alteración de las funciones fisiológicas (enfermedades, adicciones, etc.), aislamiento o confinamiento, bloqueos en nuestros intereses, presión grupal, frustración o muchos otros.
Los síntomas más comunes del estrés son palpitaciones, ansiedad, trastornos del sueño, sudor excesivo, fatiga, ronquera o cambio en el tono de voz, dolor de cabeza, tensión muscular, irritabilidad o mal humor, falta o dificultad de concentración, así como problemas de memoria o un sistema de defensas fragil, entre otros.
La relajación es una de las maneras más efectivas para controlar el estrés. Básicamente, induce a nuestro cuerpo a una condición opuesta a la creada por el estrés.
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